Los molinos de Don Alonso

Relato presentado al concurso literario ¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos? organizado por @zendalibros y patrocinado por Iberdrola

El calor había sido especialmente insoportable aquella tarde. Apenas quedaban unos días para el inicio del otoño pero tras varias semanas caminando, durmiendo en hostales inmundos y malcomiendo, la intensidad y duración de los delirios de las últimas noches hacían presagiar al fiel escudero el avecindamiento de un desenlace que se había ido posando poco a poco en el corazón de aquellos hombres.

Todo comenzó pocas semanas después de que el médico del lugar, Don Antonio, se jubilara. Durante los últimos años Don Alonso nunca había faltado a su cita semanal con él. La medicación y el trato profesional y amigo dispensado por el facultativo habían propiciado una mejora notable en la visión que el otrora caballero andante ostentaba de la vida y de sus, casi siempre, caprichosas circunstancias. Los delirios se habían ido apaciguando dando paso a una mundana lucidez notoriamente comprendida y aceptada por la mayoría.

Desde hacía varios años Don Alonso y Sancho vivían de la pensión del escudero en un modesto pero digno piso, en un lugar de la Mancha muy cerca de aquel donde un día empezara todo. No se hallaban entre muchas comodidades, pero para ambos era lo más parecido a un hogar. Esta denominación se debía no tanto al habitáculo en sí, sino a que cinco años atrás, Rocinante, viejo y cansado, había pasado a mejor vida. El jamelgo recibió sepultura en uno de los vecinos campos donde, en otro tiempo, Don Quijote se había batido a duelo con gigantes, y donde ahora se alzaban aerogeneradores que habían contribuido de forma notable al desarrollo de la región.

Hogar es también aquel lugar donde entierras a un amigo – solía repetir con tristeza el ingenioso hidalgo.

Después de la jubilación de Don Antonio, se antojó especialmente laborioso el encontrar sustituto. El ocaso demográfico del lugar hizo que la administración prescindiera de los servicios de un nuevo profesional, condenando a sus habitantes al engorro de tener que desplazarse hasta otra localidad para recibir asistencia. Pese a contar con una red de transporte público conveniente, los remilgos de Don Alonso primero, y su posterior tozudez, vieron frustrados los esfuerzos de Sancho por que su merced no hiciera mudanza en la costumbre de recibir los cuidados y consejos de un profesional.

Las semanas que siguieron a la jubilación de Don Antonio fueron de relativa calma. Sin embargo, a medida que la primavera daba paso al caluroso estío, Sancho comenzó a percibir una transformación en la mirada de Don Alonso. Por las noches sus delirios y pesadillas eran constantes, e incluso en alguna ocasión en la que el bochorno hacía imposible conciliar el sueño, le había parecido vislumbrar a través de la ventana la figura de un caballero andante vagando campo a través en dirección a los antiguos molinos de viento. Una noche de calor asfixiante Sancho se percató de que el lecho de Don Alonso se encontraba vacío. Decidió partir en su búsqueda y cuál fue su asombro al encontrárselo frente a un aerogenerador, inmóvil, con la mirada clavada en su hélice.

Todas las noches, desde hace semanas, se me repite una y otra vez el mismo sueño mi fiel escudero. Los molinos me reclaman. Buscan susurrarme una palabra pero, aquí, en esta árida Castilla, no hay viento que azote sus aspas.

Partamos de aquí mi buen amigo. Exploremos aquellas tierras tempestuosas donde sus molinos sean capaces de hacernos depositarios de su lenguaje. Sigamos la senda que ha marcado el progreso pero sin olvidar que es el viento quien debe guiar nuestro destino. ¡Vayamos pues en su búsqueda!

Lo que siguió a aquella noche fue un periplo de semanas a pie por todo campo, pueblo o ciudad que albergara en sus inmediaciones un parque eólico o cualquier tipo de aerogenerador. La rutina consistía en caminar durante el día y reposar al atardecer en algún hostal o humilde pensión. Una vez entrada la noche, Don Alonso, en compañía de Sancho – cuando éste no se encontraba desguazado por el cansancio – se dirigían al lugar en cuestión plantándose frente a todos y cada uno de los aerogeneradores allí postrados. Así, inmóviles, permanecían durante horas mirando fijamente las hélices mientras intentaban discernir alguna palabra de entre los sonidos de pájaros, insectos y roedores que campaban a sus anchas en las proximidades.

Aquella noche, sin embargo, todo cambió. El calor soporífero fue la antesala de una tormenta de verano. Las tímidas gotas del principio mudaron en una fuerte lluvia que, a su vez, trajo consigo un viento desatado. Tan fuerte azuzaba el temporal que incluso despertó, sobresaltándolo, a Sancho que plácidamente roncaba en la cama. Al percatarse de que su merced no se hallaba en la habitación se vistió rápidamente y, apresurado, se dirigió al parque eólico más cercano. Cuando llegó, el temporal había amainado y allí, dormido, encontró a Don Alonso, a los pies de lo que en otro tiempo había creído un gigante. Tras cargar con él como mejor pudo regresó a la posada. Dejó a Don Alonso en su lecho y, tras acostarse, se durmió de inmediato.

A la mañana siguiente, Don Alonso ya estaba despierto cuando Sancho amaneció. Parecía más lúcido que nunca.

Regresemos, mi fiel escudero, regresemos – dijo Don Alonso.

El escudero sintió que su mirada se había vuelto a transformar.

Pero…vuestra merced – prosiguió, atónito, Sancho – aún a riesgo de no querer contravenir sus deseos… ¿a qué se debe tal cambio? ¿Acaso anoche se le fue revelada alguna palabra?

En ese preciso instante, Don Alonso sonrió, se volvió ligeramente y, posando su mano sobre el hombro de su amigo, repitió:

Regresemos, mi fiel escudero, regresemos le digo.

Pero vuestra merced… ¿a dónde?… ¿a dónde? ¿A aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre nadie quiso nunca acordarse? ¿Acaso esa es la palabra que se le ha sido revelada? – insistió Sancho ya con lágrimas en los ojos.

Mi buen amigo…apacígüese se lo ruego…y no quiera ver usted gigantes donde no se hallan más que simples molinos de viento.

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